Donde todo era rock, hoy todo es silencio

En el vértice de la General Paz y la autopista Ricchieri, en el partido de La Matanza, la patria callejera está de luto. Cerca de 20 habitantes murieron en Cromañón, y en los hospitales hay alrededor de 60 heridos. Entre las víctimas hay familiares de los músicos. Cómo están hoy los integrantes de la banda, quienes nacieron y crecieron en Villa Celina. Hablan los padres de Patricio Santos Fontanet, el cantante, y de Cristian Torrejón, el bajista, en cuya casa ensayaban. Y el dolor de los vecinos y los amigos que vieron triunfar al grupo.

Dicen que la calle Barros Pazos al 1100, justo entre Olavarría y Caaguazú,
era una fiesta. Eso fue antes, cuando pasaba por allí el desfile de los
bolivianos de Villa Celina, en la tradicional fiesta de la Virgen de Copacabana,
patrona de aquel país; y después, cuando se desató el boom de Callejeros, la
banda de ese barrio. Hoy, en el macadam rebota el sol, y los parches de asfalto
se derriten en este verano de infierno. Pocos vecinos, mucho silencio. Un chalet
a medio terminar, justo a mitad de cuadra, es, era o -quién sabe- será la Meca
del rocanrol del pago: la sala de ensayo del grupo. Es la casa que Eleazar
Torrejón, el padre de Cristian, el bajista, les había prestado para ensayar.
Ahora, un candado en la reja dice que la fiesta, por ahora, terminó.

Pero la vida continúa. Y el barrio, como un puño, se une alrededor de
Callejeros. Ni una voz se alza en contra de la banda. Y eso que aquí, en Villa
Celina, entre sus treinta mil habitantes, hay entre 20 y 30 familias que lloran
porque, desde el 30 de diciembre, la muerte les envenenó para siempre la vida. Y
hay más de cincuenta que rezan y esperan, en algún hospital, que se limpien de
una vez los pulmones que sus seres más queridos llenaron de humo en República de Cromañón. Villa Celina es, qué duda cabe, el vértice del drama.

LOS MISMOS DE SIEMPRE. Justo al lado del chalet está ubicado ElectroStar, el
negocio de Torrejón padre. Está un poco enojado con algunos medios que -dice-
me inventaron cosas que no dije sobre Chabán e Ibarra”, pero asegura que
hicieron todo por ellos mismos y por el barrio. Ahora los chicos están
destrozados, y nosotros también, entienda. ¡Si cada uno de los seis era un hijo
nuestro!”,
y se quiebra. Pegado en la vidriera, un afiche del recital del 30 de
junio de 2004 en Obras, escrito en marcador negro, tiene una dedicatoria de los
músicos a este hombre -y sus dos ayudantes en el negocio- con estampa de buen
tipo, que hace casi cuatro décadas se instaló en el barrio para siempre. Allí,
Patricio Santos Fontanet, el cantante, le da las gracias “por el aguante“.

Enfrente, Adrián atiende el kiosco de la cuadra. Y, se sabe, un kiosco es, en un
barrio, una institución. Allí acudían los peregrinos callejeros, que esperaban
pacientes que terminaran de ensayar y se cruzaran para comprar una gaseosa
(“casi siempre de pomelo“, cuenta) o para jugar al metegol, algo que le gustaba
especialmente a Cristian Dios Torrejón. Adrián tiene 28 años, tres menos que el
bajista. Iba a la escuela 137, donde fue compañero de Eduardo Vázquez (“O
Quique, o Cabeza
“, dice), el baterista, cuya madre, Dilva, murió en la tragedia.
Los pibes están re mal -cuenta después de acomodar varios paquetes de
gaseosas-. Las veces que los vi en estos días, traté de no tocar el tema. Los
conozco mucho. Venían acá, o a la pizzería de la vuelta. Me reía cuando les
pedían autógrafos, porque les daba vergüenza. Y eran muy solidarios. Me acuerdo
que si se acercaba un pibe que no tenía plata para la entrada, Edu, por ejemplo,
lo anotaba en una lista para que lo dejaran entrar…
” Luego muestra una foto. Es
un ómnibus escolar, y un grupo de chicos a punto de salir para un recital del
conjunto desde, precisamente, la esquina de Barros Pazos y Olavarría. Se detiene
en Gastón García, un muchacho del barrio. “Le decíamos Bore, y murió sacando
gente de Cromañón. Era asmático, y había salido, pero se metió igual porque
tenía amigos que se estaban asfixiando. Así eran los que estaban siempre con
ellos, ¿entendés?”
Al velorio de Bore fue Cristian Torrejón. Sobre su ataúd
pegaron una calcomanía de Callejeros.

DEL GENESIS AL APOCALIPSIS.
Casi al principio de la cuadra, la cortina verde de Eskrúpulos sigue baja. Es la peluquería de Juan José Biso, una especie de La
Cueva del rock de Villa Celina. Fan de Rod Stewart, Juanjo vio crecer a
Callejeros desde la cuna, cuando eran Río Verde y hacían covers de Creedence;
pero especialmente vio crecer a Cristian, desde que tocaba en Viejo Esmoquin -su
primer grupo- y a Pato Santos Fontanet, que con 14 años y el uniforme del
Instituto Sagrado Corazón, le confiaba el cabello a sus tijeras. Con Callejeros
se cansó de cortar flequillos rolingas, y hasta prestó vereda y un reflector
para el primer recital que dio la banda. “En la peluquería está la historia de
estos pibes”, sostiene con orgullo.

Pero Juan no abre el negocio porque está siempre junto a su hijo Rodrigo, de 14
años, internado en la clínica María Ferrer, en Constitución. Rodrigo, que estuvo
junto a su padre la noche trágica de Cromañón, y salió, y peleó, y está a punto
de ser dado de alta. El 30 fueron, los dos, con Pedro Espinosa, un hombre de 50
años. De la oscuridad y el humo pudieron salir Juan y Rodrigo. Pero no Espinosa,
que regresó a rescatar gente, y murió.

En un chalet de paredes amarillas de esa misma cuadra vive María Azucena Alvarez.
Para el barrio entero es Pirucha. Conoce a los Torrejón desde siempre. “Cuando
vine a vivir al barrio, Cristian tenía meses. Era un bebé con problemas
cardíacos, pero después creció bien, sanito
-relata con precisión-. Es un chico
educado en la cultura del trabajo. Le dicen Dios, y el apodo está bien puesto.
Siempre callado, un poco tímido si quieren, estudió Electricidad con Carlos, mi
marido ya fallecido, que era el director del Centro de Formación Profesional, en
San Justo. Eso, después, lo aplicó trabajando con su padre. Después de lo que
pasó, lo vi destruido.”

LO QUE SANGRA. En el barrio cuentan que Cristian Torrejón, desde que ocurrió la
tragedia, va de hospital en hospital, a bordo de su viejo Ford Sierra, para
charlar con los heridos. Para ayudar. Es el único músico cuyos familiares están
ilesos. Pero sufre por el resto.
Como Maximiliano Djerfy, uno de los guitarristas. Su papá está con pronóstico
reservado en la terapia intensiva del Hospital Fernández. Maxi perdió cinco
familiares, entre ellos dos tíos y un sobrino. En un momento, se sentó en el
pasillo del hospital, rodeado por los suyos, y se descargó: “Hay que seguir
adelante por los que están vivos. Yo perdí familiares, tengo a mi viejo en
terapia, y ahora tengo que ir a cuidar a mi abuelita, que tiene Parkinson. No
puedo explicar este dolor…¡Que venga Ibarra, que venga Chabán, que digan las
giladas que quieran. No me importa…”
. Y se va, por la calle Cerviño, con algo
más brutal que el calor de enero en la cabeza. Mucho más brutal.

En el Ramos Mejía, Susana Fontanet, la madre de Pato, el líder de Callejeros, ya
está fuera de peligro, con quemaduras en brazos y en piernas. Pedro, su otro
hijo, abogado, está en la sala de espera. Tiene una hermana muerta. Los padres
de Patricio viven en el monoblock 8, algo más alejado de la sala de ensayo. Y
tienen el almacén de Roosevelt y la General Paz, a muy pocas cuadras del lugar
donde permanece detenido Omar Chabán. Recién el lunes 10, José Santos, o Pepe
-como le dicen-, abrió el pequeño local, en rigor, un puesto de feria ubicado en
una plazoleta. Hasta hoy acompañó a su mujer, y a su hijo Pato, cuya novia
-Mariana- intenta pelearle a la muerte en el Sanatorio de la Trinidad, adonde
fue trasladada desde la Unidad Coronaria del Hospital Francés. “El ánimo de Pato
depende de cómo esté la chica. El otro día, por primera vez, le bajó la fiebre,
que estaba en 41 grados, y se puso bien. Pero después le volvió a subir…
“,
cuenta, mientras recibe el cariño de cada vecino que pasa. “Los Callejeros son
gente
-remarca cuando entra en confianza-, Pato es un buen argentino, no hay más
que leer las letras que escribe. ¡Pero hablaron cada cosa! Que tenían plata en
el corralito, que autos… Si hasta no hace mucho los iban a ver 200 pibes nada
más.”

Entre esos del principio está Daniel Fasanelli. Vive a la vuelta de la sala de
ensayo, sobre la calle Caaguazú. Tiene 37 años, y todos lo conocen como
Manzanita. Zafó en Cromañón, y hoy puede mostrar el jean que usó esa noche,
todavía con pedazos del media sombra que se quemó adheridos a la tela.

Entre los que se sumaron a la fiebre por Callejeros, justo esa noche, estaba
Julio Leiva, que tenía 23 años. Vivía en la calle del Paseo San Fernando, casi
llegando al límite sur del barrio. El recital de Cromañón era su primera vez en
vivo, porque un amigo lo convenció de ir. Hoy, María Teresa y Carlos, sus
padres, llevan remeras con su rostro, que rezan “murió por ayudar a los demás”.
Y se quedan solos, sin consuelo. Como Diego Argañaraz, el manager de Callejeros,
nativo también de Celina, quien entre las llamas y el humo del 30 de diciembre,
vio morir a su esposa, Romina. Por suerte, Paola Argañaraz, su hermana, ya logró
zafar de terapia intensiva.

Quedan más voces del barrio, por supuesto, las que cuentan los buenos momentos,
o dicen que Pato y Cristian eran de Boca, y Edu y Elio -también guitarrista-, de
Huracán. O que Cristian nunca se había hecho un tatuaje ni un piercing, y que
compraba comida en el negocio naturista Carlitos. Que tocaban en recitales a
beneficio cada vez que podían. Y, sobre todo, y con tristeza, que el de Cromañón
iba a ser el último recital de Callejeros en un lugar chico. Y después, ante la
calle vacía de chicos, de banderas, de la música que se filtraba desde la sala
de la calle Barros Pazos, callan. En el barrio de Villa Celina, el fuego se
llevó la alegría.

por Hugo Martin
informes: Federico Fahsbender, Julián Zocchi y Federico Schrimer
fotos: Hugo Ramos, Enrique García Medina, Diego García y Fabián Ramella

El paredón de la esquina de Barros Pazos y Caaguazú, con un <i>grafitti</i> de amor al grupo. La calle donde se juntaban músicos y seguidores tras los ensayos, sin un alma. Y la sala de ensayo, cerrada con candado.”></p>
<p class=El paredón de la esquina de Barros Pazos y Caaguazú, con un grafitti de amor al grupo. La calle donde se juntaban músicos y seguidores tras los ensayos, sin un alma. Y la sala de ensayo, cerrada con candado.

Pato Santos Fontanet, el cantante, tiene a su madre internada, fuera de peligro. Su novia Mariana, en cambio, está en estado crítico.

Pato Santos Fontanet, el cantante, tiene a su madre internada, fuera de peligro. Su novia Mariana, en cambio, está en estado crítico.

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