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Delfi Chaves cuenta cómo aprendió a hacerles frente a los ataques de pánico y la parálisis de sueño

En una exclusiva con GENTE, cuenta cómo aprendió a hacerles frente a los ataques de pánico -que sufre desde los doce años– y a la parálisis de sueño, que aún hoy la aqueja.

La parálisis del sueño fue una novedad que la sacudió tanto como el pánico. “Yo me despertaba, mi cuerpo no”, explica Delfi.

Abiertas las puertas de su infancia, Deflfi Chaves se remonta a 2001 y a los efectos devastadores del “corralito” sobre la familia Chaves.

La empresa de papá se había fundido y se hacía lo que se podía. El matrimonio con mamá estaba terminado. A él lo veíamos dos veces por semana, y ella hacía malabares para alimentarnos con dos mangos por día”, recuerda Delfi. “Sí, yo era una nena feliz, pero a esa edad todos somos esponjas, y el aroma de lo que pasaba se hacía sentir”.

Alejandra (57) –su mamá, “aguerrida y luchadora”, ex modelo publicitaria, Reina Nacional de la Flor, que hasta llegó a trabajar con Tato Bores, se derrumbaba.

En ese contexto urgente se vio sola. A los cuarenta. Sin profesión, “sin saber hacer nada”. Se deprimió. Sus actitudes derivaron en tratamientos psiquiátricos. Pero nada le ganaba a la tristeza. Buscó alivio en el alcohol. Y se perdió. Hoy, a casi tres años de su recuperación –y peleando a diario una batalla eterna–, “volvió a ser la mamá de las primeras filas en los actos, que nos enseñaba a comer saludable” (según contó Paula alguna vez) y “como buena budista”, hoy ayuda a los demás en aquel viejo camino.

“Era reactiva. Una pendeja de mierda. ¡Las cosas que le hice a mamá…! Sin duda, estaba pidiendo atención a gritos”

–Hoy, adulta, revisando ese pasado, ¿cómo creés que transitaba esa nena aquel clima? Siempre se sangra por algún costado…
–Con rebeldía. Así estaba etiquetada, “la rebelde”. Contestaba siempre del peor modo. Era reactiva. Una pendeja de mierda. ¡Las cosas que le hice a mamá…! Sin duda, estaba pidiendo atención a gritos. Cada conducta era un “¡Acá estoy! ¿Me ven?”. Todo era reacción y culpa. Y en la adolescencia exploté.

–¿A qué te referís?
A los doce empecé a sufrir los primeros ataques de ansiedad. Fue difícil entenderlos, porque no distinguís si lo que estás viviendo es real, como si te alienaras. Eran años duros. Me habían dejado sola con mamá y nuestra relación no era la mejor. Me ocupaba mucho de ella hasta que necesité un espacio de cuidados para mí. Nadie me sacaba de ahí. Y un día me iluminé. Pensé: “Delfi, esto es una decisión muy personal”. A los trece hice mis valijas, pedí un remise y le dije: “Perdón má, pero es hora de priorizarme”. Y le caí a papá –en su mini departamento de “soltero”– con uniforme de colegio y el “acá me quedo”. Durante cuatro años me acomodó donde pudo, ¡en un cuartito sin persianas! (recuerda entre carcajadas).

“Sentís que estás atrapado en tu propio físico. Es impresionante y angustiante”

–Distanciada de tu mamá –en cualquiera de sus acepciones–, ¿encontraste en casa de papá ese espacio que buscabas?
–No. Y asumo que era yo. Picantísima. Contestadora. Estaba pasándola muy mal, fuese donde fuese. Al “escapar” de casa de mamá sobrecargué la mochila de papá con toda la idealización y miles de inconformidades y demandas. Le reclamaba todo aquello que necesitaba de mi vieja. Él tenía que saber de antemano cuando yo estaba mal. Y saber cómo y hasta cuándo quedarse al lado mío. A veces era un “bueno, Delfi, tranquila mi amor”. Y otras se iba. Le exigí demasiado y él podía hasta cierto punto.

La parálisis del sueño fue una novedad que la sacudió tanto como el pánico. “Yo me despertaba, mi cuerpo no”, explica Delfi.

Esa incapacidad de movimientos voluntarios –que se manifiesta en la transición entre el estado de sueño y el de vigilia– dura, en promedio, dos minutos. Delfi la padeció hasta hace dos meses, según cuenta.

Sentís que estás atrapado en tu propio físico. Es impresionante y angustiante”. Otra vez la ansiedad. Y una reflexión. “Si hago público este tipo de relatos, lejanos a la victimización, es para concientizar. Para que la salud mental deje de ser un tabú, un fantasma que mete miedo, y se convierta en tema de charla corriente. Para que se abran caminos de tratamiento y solución. Sin prejuicios ni miedo a que nos crean locos”, subraya. “¿Cómo puede ser que se hable de cómo llegar flaca al verano o cómo alimentarse correctamente, y no de cómo lograr estar bien de la cabeza?”.

“No hay certeza de que no me suceda otra vez. Pero gané la tranquilidad: hoy sé que tengo las herramientas necesarias para hacerle frente, asimilar la situación y acompañarla”.

–¿Buscaste ayuda profesional?
Llegó un momento en que ya no alcanzaban los “tranqui Delfi, vas a estar bien”. Tenía diecisiete y necesitaba la voz de alguien extra-familiar, que me escuchase sin las preocupaciones de la diaria, y sin etiquetarme. Que me sentase y dijese: “A ver, ¿cómo lo viviste? ¿Qué sentiste? Revisemos el porqué…”. Un día llamé, pedí cita –“necesito verte”, le dije– y comencé a encaminarme. Entonces disparó la pregunta: “¿Por qué estás acá?”. “¡Porque estoy para el orto, negra!” (risas). Mi psicóloga me salvó la vida. Me ayudó a mirarme de cerca, a quitarme algunas culpas. ¡Porque soy tan culposa…! Entendimos juntas de dónde viene esa ultra moral conmigo misma. Esa necesidad de controlar todo. Porque la ansiedad tiene que ver con eso. La amo. Es el día de hoy que cuento con su mensaje de WhatsApp, y hasta viene a verme a cada estreno.

–¿Temés que vuelva a pasarte?
–No hay certeza de que no me suceda otra vez. Pero gané la tranquilidad: hoy sé que tengo las herramientas necesarias para hacerle frente, asimilar la situación y acompañarla.

–¿Qué aprendiste de esta experiencia? ¿Qué enseñás?
Que hay que conectar y saber pedir ayuda, el “pá, ¿por dónde andás, tomamos un café?”. Además, es clave mantenerse activa. A mí me aburren los gimnasios y esa cosa de “hoy vamos a tonificar la cola”… Hice boxeo, ¡y cómo le pegaba! (se ríe). Y algo importantísimo: concentrarse en qué se hace cuando se está solo. Yo apago el teléfono y aterrizo de cabeza en mis libros, en el cine –que me apasiona– y en los viajes.

Fotos: Christian Beliera.

 

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